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Historia corta: El Aldeano Desnudo

Puente rojo Japón

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Aoto Fujitsuna fue un samurai del período Kamakura, y trabajaba para el Consejo de Estado. Este es un episodio sobre él.

Un día de invierno, cuando Aoto cruzaba el río con sus compañeros, montado a lomos de su caballo, se le cayeron unas monedas al río.

  • ¡Vaya! Aunque sea poco dinero, debo recuperarlo. No puedo dejarlo ahí.

Al llegar a la otra orilla comprobó su cartera. Había perdido 10 mons.

  • Si dejo las monedas en el río, se oxidarán. Debo recuperarlas a toda costa.

Aoto ordenó a sus compañeros que contrataran a 10 aldeanos para le echaran una mano. Les dijo:

  • Cuando cruzamos el río se me cayeron 10 mons. Si alguien los encuentra, le daré 50 mons a cada uno como recompensa.

Tras escucharle, empezaron a buscar.

  • Deben estar por aquí. Quizás un pelín hacia vuestra derecha. ¡No, a la izquierda! – Aoto iba guiándoles.

Transcurrieron varias horas. Aunque empezaron con mucho entusiasmo, se fueron calmando con el paso del tiempo. Empezaban a sentir frío y se estaban resfriando. Querían parar de buscar, y empezaron a quejarse.

  • ¡Hace demasiado frío! Tengo que salir de este agua helado. De lo contrario me congelaré. Me dan igual los 50 mons.

Justo entonces, alguien gritó:

  • ¡He encontrado algo!
  • ¿Has encontrado alguna moneda?
  • Sí, he encontrado 3 mons.
  • ¡No te muevas! Las demás deben estar cerca. ¡Encuentra el resto!

El hombre siguió buscando con ambas manos en el agua helada y volvió a gritar:

  • ¡He encontrado otra moneda! ¡Oh, otra más!

Terminó de encontrar los 10 mons él solito. Era un hombre con una cicatriz en la frente.
Aoto, agradecido, dijo:

  • Tienes buen instinto, las has encontrado todas tú solo. Te daré un extra de 100 mons como premio, junto a los 50 mons prometidos.

Aoto dijo al resto de aldeanos:

  • Estoy muy agradecido. Suena absurdo pagaros 50 mons a cada uno, y 100 más al que las encontró. Pero si las monedas se hubieran perdido en el fondo del río, se hubieran oxidado. Y aunque sólo fueran 10 mons, eran monedas hechas en este país. Aunque gaste mi dinero, el dinero que os pago viene y va, se mueve. El país debe generar beneficio de ello. Hoy he hecho algo bueno. ¡Muchas gracias! Disfrutad todos del dinero.

Una vez Aoto y sus hombres se fueron, los aldeanos se dijeron entre ellos:

  • Hace una noche preciosa y tenemos dinero. Bebamos y bailemos, ¡disfrutemos de la noche!

Pronto montaron una gran fiesta alrededor del fuego, a orillas del río.

Uno de los aldeanos dijo al hombre de la cicatriz:

  • Quiero darte las gracias. Has tenido un fantástico instinto para encontrar los 10 mons del río. ¡Es un milagro!

El hombre de la cicatriz rió y dijo:

  • ¿De verdad crees que tengo tan buen instinto? Solo usé la cabeza.
  • ¿Entonces cómo los encontraste?
  • Hice un truco. Es absolutamente imposible encontrar monedas tan pequeñas en el río. A decir verdad, eran mis propias monedas. ¡Jajaja!
  • ¿Qué? ¿Tus monedas? ¿Cómo las cogiste?
  • No cogí nada. Fui cogiendo monedas de mi propio bolsillo, primero 3 mons, luego 2, poco a poco, de mi bolsillo, pretendiendo hacer ver que eran las monedas que se le cayeron a Aoto. ¡Piénsalo! Incluso aunque gaste 10 mons, podía conseguir 50. No quería seguir más tiempo en ese agua congelada. Es más, me dio otros 100 mons extra. Soy mucho más listo que Aoto.

El hombre que había agradecido al de la cicatriz estaba alucinando.

  • ¡Qué gran idea! ¡Eres mucho más listo que Aoto!

Otro hombre, que también había estado trabajando en el río, arrugó el gesto y recriminó al hombre de la cicatriz:

  • ¡Idiota! El tramposo es mucho más cruel que el ladrón. Cuando Aoto nos recompensó, nos dijo que las monedas eran tesoros hechos en este país. No le importaba su pérdida, nos estaba dando un ejemplo de cómo comportarse y de cómo amar a nuestro país. Tengo que ayudar a mi anciana madre, así que me uní a la búsqueda del dinero. Pero tras escuchar tu treta, no quiero este sucio dinero.

Tiró los 50 mons al embustero.

  • Estoy profundamente decepcionado. Me vuelvo a casa a ayudar a mi madre.

No mucho después llegó a oídos de Aoto el rumor de que uno de los aldeanos le había engañado el día de la búsqueda de las monedas. Recordó lo que ocurrió aquel día.

  • Ahora que lo pienso, había algo sospechoso en el hombre que encontró las monedas. Es bastante extraño que encontrara él solo los 10 mons mientras que los demás no encontraran ni una.

Ordenó a sus compañeros que buscaran y le trajeran ante él al hombre que le engañó. Pronto el hombre fue llevado a la residencia de Aoto.

Aoto dijo:

  • He oído que has ido contando al resto de aldeanos que me has engañado. ¿es cierto? Si no dices la verdad, preguntaré a los demás y serás castigado.

El hombre de la cicatriz confesó todo.

Aoto le dijo:

  • Eres un hombre ruin, sin honor. Me gustaría apartarte y castigarte sin piedad, pero estoy preocupado por los 10 mons que se me cayeron en el río. Así que te ordeno buscar los 10 mons solo en el río. Aunque tardes 6 o 10 años, seguirás buscando hasta que los encuentres. Debes asumir esta condena vistiendo nada más que un taparrabos. Así no podrás volver a engañarnos. No se te permitirá descansar aunque llueva o nieve. Estarás siempre vigilado por mis compañeros.

Tras 15 días de búsqueda encontró 1 mon, lo cual le animó bastante. Se acercaba el invierno y cada vez hacía más frío. Sentía que podía congelarse hasta la muerte si seguía trabajando.

Se extendió por Kamakura el rumor de que un hombre desnudo estaba trabajando para encontrar diez monedas en el frío río, y mucha gente se acercaba a comprobar si era cierto.

  • ¡Pobre hombre! Pero no tiene opción, traicionó a Aoto.

En pleno invierno, por las heladas, el caudal del río cada vez era menor y el fondo arenoso comenzó a aparecer. Gracias a esto encontró 3 mons. Poco a poco fueron apareciendo todas las monedas.

Aoto dijo al tramposo:

  • Aunque el crimen que cometiste fue cruel, te perdono porque has encontrado todas las monedas. ¡No vuelvas a reírte nunca de mi!

El hombre reverenció varias veces a Aoto antes de irse.

Mientras tanto, Aoto pidió a su compañía que investigara al hombre que recriminó la conducta del tramposo. Era un hombre honorable, un samurai que en algún momento se quedó sin maestro y que ahora se dedicaba a ayudar a su anciana madre.

Aoto, conmovido por su coraje, le habló de él a Tokiyori, el quinto regente del Shogunato Kamakura. El hombre fue ascendido de nuevo a samurai y vivió una vida plena y feliz.

Original de Saikaku Ihara.

PhoTones Works #11038
 

Hasta aquí otra de las historias tradicionales japonesas que hemos traducido. Como ves, muchas de estas historias nos chocan pues no le encontramos una moraleja, acaban bruscas o no le vemos el sentido desde nuestro prisma occidental. Estamos acostumbrados a otro tipo de cuentos. Aún así queremos trasladarte esta colección de historias para empaparte un poco más de la cultura y tradición japonesas.

Puedes leer todas las historias en el siguiente enlace:

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