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Historia corta: El viejo Cuenco de arroz rojo

Carpas en un estanque del Parque Momijidani en Miyajima

Artículo actualizado el

Hace mucho, mucho tiempo, vivía un hombre con sus tres hijos en un pequeño pueblo. El hombre trabajaba duro y sus hijos también arrimaban el hombro. Así que poco a poco fue prosperando. Cada vez tenía más campos de arroz y otras propiedades.

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Un día llamó a sus tres hijos y les dijo:

  • Chicos, os habéis convertido en hombrecitos. Creo que es hora de que aprendáis cómo vivir por vuestra cuenta. Os daré a cada uno tres años y algo de dinero para que encontréis vuestro camino en la vida. No me importa dónde vayáis o lo que hagáis. Pero deberíais aprender algo útil para vuestro futuro. El que aprenda las habilidades más interesantes será mi único heredero.

El hijo mayor, Ichiro, dijo:

  • Padre, quiero heredar tus propiedades porque soy el mayor de los tres. Estoy seguro de que aprenderé las mejores habilidades.

Emprendió un viaje para desarrollar sus habilidades. El segundo hijo, Jiro, dijo:

  • Padre, soy el más diestro de los tres. Estoy seguro de que puedo aprender valiosas habilidades, las cuales te congratularán.

También comenzó un viaje para descubrir nuevas habilidades.

El más joven de los tres, Saburo, no dijo nada. No sabía dónde ir o qué aprender. Así que se quedó quieto.

Tres años después, regresaron a casa.

Ichiro dijo a su padre:

  • He aprendido a usar el arco y a disparar con él. Puedo disparar una manzana en aquél árbol que vemos a lo lejos, desde aquí.

Dicho esto, sacó una flecha, disparó y atravesó una de las manzanas del árbol

  • ¡Bravo! ¡Le diste! Seguro que te has convertido en el mejor arquero de la zona. Estoy impresionado. ¿Qué has aprendido tú, Jiro?
  • He aprendido cómo crear finas telas y a coser kimonos para los nobles.

Jiro mostró algunos de los tejidos que había creado. Empezó a confeccionar un kimono con ellas. Al poco tiempo había terminado de tejer. En sus manos sostenía un precioso kimono.

  • Es para ti, padre. ¿Por qué no te lo pruebas?

El viejo se lo puso. Le quedaba como un guante.

  • ¡Bravo! Fantástico trabajo, hijo. Me has impresionado mucho. ¿Qué has aprendido tú, Saburo?

Saburo solo había trabajado para una vieja mujer, cortando el césped, podando árboles y trabajando en otras labores diarias durante los tres años. No tenía nada de lo que sentirse orgulloso. Estaba sentado, moviendo la cabeza y mirando el suelo de tatami. Entonces escuchó una débil voz que le susurraba:

  • Dile a tu padre: “He aprendido a robar”.

La voz venía del viejo cuenco de arroz rojo que guardaba en el bolsillo interior.

  • He aprendido a robar.

Bien, estoy seguro de que quieres saber más detalles acerca de lo que Saburo había hecho durante su viaje.

Había visitado muchos pueblos intentando encontrar algo útil que hacer, pero no encontraba nada. una noche paseaba por un bosque. “¿Qué debería hacer?” pensó en la oscuridad. Para su alivio, encontró luz en una pequeña choza. Llamó a la puerta y encontró a una vieja mujer sentada junto al fuego.

  • Disculpe, ¿le importaría que pasara aquí la noche?
  • Claro que no, pero primero dime quién eres y por qué estás viajando.
  • Viajo para encontrar algo útil que aprender, según me ordenó mi padre.
  • ¿Ya has decidido qué vas a aprender?
  • No, aún no. Si sabe de algún trabajo o de algún sitio interesante para trabajar, por favor, cuéntemelo.
  • Si aún no lo has decidido, ¿por qué no te quedas y trabajas para mi?

Como era bastante tarde y estaba muy cansado como para pensar en ese momento, dijo:

  • De acuerdo, me quedaré y trabajaré para usted.

A la mañana siguiente, ella le cosió un bonito kimono.

  • Joven, desde ahora llevarás este kimono siempre que trabajes. Tienes que trabajar hasta que este kimono esté sucio y desgastado.

El chico trabajó duro desde la mañana a la noche, cada día, cortando el césped, podando árboles y haciendo otras labores de la casa. Así durante tres años.

Sorprendentemente, sin embargo, el kimono nunca se le manchaba o rompía. Deseando volver a casa, lo ensució y rasgó a propósito. Dijo a la mujer:

  • Este kimono está sucio y deshilachado, déjeme volver a casa como me prometió hace tres años.
  • Sí que está sucio, sí. Has trabajado muy duro por tres años. Puedes regresar a casa. Por cierto, te daré algo como recompensa. Como sabes, no tengo nada especial que darte salvo este viejo cuenco rojo que has usado cada día. Seguro que de alguna manera lo encuentras útil. Guárdalo.

Era un viejo y pequeño cuenco con un borde roto. El joven lo guardó en su bolsillo interior, y se dirigió a la casa de su padre, tras tres año de ausencia.

Se dijo a sí mismo: “Me pregunto qué he aprendido tras estos años. No sé qué responderé cuando mi padre me pregunte.

Desesperadamente sacó el cuenco del bolsillo y lo lanzó con todas sus fuerzas. Siguió caminando pero escuchó un susurro:

  • Saburo, espera un momento. Saburo, espera.

Paró y miró a su alrededor. Pero no encontró a nadie.

  • Saburo, espera, ¡Saburo!

Volvió a parar, y escuchó la voz una tercera vez.

  • Saburo, espera. Saburo, espera.
  • ¿Quién me llama? ¿Quién me está tomando el pelo?

Para su sorpresa, vio como por el camino el cuenco venía de vuelta rodando y saltó hasta volver a su bolsillo. No importa cuántas veces lo arrojara al campo, el cuenco siempre volvía y saltaba directo a su bolsillo interior. Al final, el choco desistió de desprenderse del cuenco y continuó caminando hasta casa.

Ahora, sentado ante su padre, su tío y sus dos hermanos, estaba respondiendo a la pregunta.

  • He aprendido a robar.
  • ¿Qué? ¿A robar?
  • Sí, he aprendido a robar.

Su tío, que era millonario, le dijo:

  • ¿Crees que robar te ayudará en tu futuro? De acuerdo, probaré tu habilidad para robar. Ven a mi casa esta noche. Todo lo que tienes que hacer es robar mi caja fuerte. Si lo consigues, puedes quedarte todo lo que haya dentro. Pero sino, serás capturado y encarcelado como un ladrón.

Cuando no sabía qué decir, el viejo cuenco de su bolsillo le susurró:

  • ¡Dí que sí!

A media noche, Saburo estaba frente a la casa de su tío.Observó que todas las puertas y ventanas estaban bien cerradas y custodiadas por los empleados de su tío. El tío estaba sentado en su habitación, ante la caja fuerte. También habían guardias vigilando el establo para que nadie pudiera huir a caballo.

“¿Qué puedo hacer?” se dijo a sí mismo.

El cuenco le susurró:

  • Saburo, lánzame por encima de la valla.

Así lo hizo, y el cuenco cayó en el jardín de la casa. ¡Vió cómo el cuenco se transformó en un enano! El enano se arrastró hasta la habitación de la caja fuerte. El tío de Saburo se estaba quedando dormido. El enano se deslizó tras él, lo ató y amordazó.

  • ¡Ha entrado un ladrón, encended las luces!

Intentó gritar el tío, pero apenas podía vocalizar con la mordaza. Sus hombres eran tan torpes que lo que entendieron fue “montadme en mi caballo”. Así que le llevaron de la habitación al establo, mientras el cuenco-enano pudo abrir la caja fuerte y escapar sin problema.

El tío de Saburo admitió su derrota. Después, Saburo le devolvió todo lo robado. Su padre estaba muy impresionado con esta habilidad. Saburo heredó las propiedades de su padre. Desde entonces, el cuenco rojo mágico le ha seguido dando consejos, esta vez sobre cómo hacer crecer sus propiedades, sus campos de arroz y cómo hacer dinero legalmente. No tardó mucho en convertirse en millonario.

Su hermano mayor trabajó para Saburo como arquero experto. Y el hermano mediano, Jiro, montó una fábrica de kimonos. Los tres hermanos trabajaron duro y vivieron felices.

Kimono
 

Hasta aquí otra de las historias tradicionales japonesas que hemos traducido. Como ves, muchas de estas historias nos chocan pues no le encontramos una moraleja, acaban bruscas o no le vemos el sentido desde nuestro prisma occidental. Estamos acostumbrados a otro tipo de cuentos. Aún así queremos trasladarte esta colección de historias para empaparte un poco más de la cultura y tradición japonesas.

Puedes leer todas las historias en el siguiente enlace:

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