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Historia corta: Transfórmate en una Rana

Monje tocando la campana en el Templo ZojoJi

Hace mucho, mucho tiempo, había un joven discípulo practicando ascetismo (una forma de vida abnegada) bajo la tutela de un viejo monje, en un templo rural. De hecho, el discípulo era aún un crío.

Cuando el monje se sentaba ante la imagen principal de la sala central del templo, el chico se situaba a su lado, imitando los sutras que éste cantaba. Si el monje oficiaba un entierro en  las viviendas de la zona, el niño le seguía y lo oficiaba con él. Cuando el entierro terminaba, le daban una pequeña moneda como muestra de gratitud.

El discípulo era demasiado pequeño como para saber usar la moneda. Con la primera, jugó con ella; la lanzaba al aire, intentando que se aterrizara en su cabeza sin salir rebotada.

Tras el segundo funeral obtuvo otra moneda, y otra con el tercero. Llegó un momento en el que decidió empezar a coleccionarlas. Cada moneda tenía un agujero cuadrado en el centro. Unió todas las monedas pasando una cuerda por el agujero de cada una, creando un collar de monedas. Lo colgó en un gancho de un pilar de la sala principal del templo. Cada vez que conseguía una nueva moneda la añadía al collar. Agrandar el collar se convirtió en uno de sus pasatiempos favoritos.

De vez en cuando la gente acudía al templo a rezar. Cuando veían al chaval con su collar de monedas, sentían curiosidad por preguntarle.

Alguien le comentó:

  • Tienes un montón de dinero. ¿Por qué no nos compras unos panecillos?

Otra persona le advirtió:

  • Si cuelgas el collar ahí, alguien te lo robará.

Esa advertencia le hizo alertarse. El chaval no quería perder su tesoro. Dándole vueltas aquella noche, se le ocurrió una idea.

Puso su collar de monedas dentro de una lata y la enterró en el jardín, detrás de la campana del templo.

  • Nadie sabrá dónde está mi collar de monedas.

Estaba muy contento, ya que estaba convencido de que había encontrado un lugar seguro.

Cada vez que conseguía una nueva moneda, desenterraba la lata, la añadía al collar y la volvía a enterrar.

 

Una tarde, el discípulo fue a hacer sonar la campana del templo, como de costumbre. Entonces notó que una rana enorme estaba situada justo en el lugar en el que estaba enterrada la lata. La rana lo miró por un segundo y saltó hacia el bosque que hay tras el templo.

  • Seguro que mi collar de monedas se ha transformado en esa rana. Si es así, ¡mi tesoro se escapa! ¿Qué puedo hacer?

Se puso a cavar como loco y allí encontró la lata, tal y como la había dejado. Respiró aliviado.

  • ¡Aquí estás! Menos mal. Qué contento estoy de volver a verte. Escucha, no hace falta que te transformes en una rana cuando abra la tapa. Pero si algún hombre malo te descubre, transfórmate y huye a un lugar seguro tan rápido como puedas.

Volvió a enterrar cuidadosamente la lata en el mismo lugar, disimulando la parte exterior con un poco de barro.

Tras este acontecimiento, decidió añadir una cosa más a su rutina nocturna: tras hacer sonar la campana, decidió sentarse en el lugar en el que estaba enterrada la lata y murmurar al suelo:

  • Transfórmate en una rana y huye a un lugar seguro si algún hombre malo te descubre. Pero no hace falta que te transformes cuando yo abra la caja. ¿Lo entiendes?

Un día el viejo monje paseaba por la zona de la campana y escuchó a su discípulo murmurar. El monje lo escuchó con atención.

  • Transfórmate en una rana y huye a un lugar seguro si algún hombre malo te descubre. Pero no hace falta que te transformes cuando yo abra la caja. ¿Lo entiendes?

El monje se extrañó. Cuando el discípulo se fue, se acercó al lugar en el que el chico estaba susurrando. Pronto notó que esa parte del jardín tenía el suelo removido y embarrado. Comenzó a cavar y encontró la caja del discípulo. Entendió lo que le preocupaba al chaval.

Resulta que el monje era un hombre al que le gustaban las bromas. Le vino una idea a la mente y la puso en práctica. Primero capturó una rana enorme. Después sacó el collar de monedas de la lata, y metió la rana.

Al día siguiente el discípulo consiguió otra moneda, tras ayudar en otro funeral. Llegó el momento de ir a hacer repicar la campana, al final del día. El monje se escondió y observó con expectación.

Tras hacer sonar la campana, se puso a cavar  y desenterró la lata. Y…

Ya sabes qué es lo que encontró. El chico estaba atónito, y recriminó a la rana:

  • ¡Hey, soy yo! ¡No debes transformarte!

Pero la rana era una rana, evidentemente.

  • ¡Soy yo! ¿No me oyes? ¡Sabes que no soy un ladrón o un hombre malo!

La rana miró al chico y de repente saltó fuera de la lata. Intentó capturarla pero falló. Viendo cómo la rana se alejaba, gritó:

  • ¡Vuelve! No te preocupes, soy tu…

Las últimas palabras no se escucharon con nitidez debido a su voz temblorosa y entrecortada.

El monje, que había visto todo, no pudo aguantarse la risa, pero también sintió un poco de pena por el crío. Salió de su escondite con el collar de monedas en su mano, y se lo devolvió.

¿Cómo? ¿Me estás preguntando qué le dijo el monje al chico? Bueno, quizás al principio se disculpó, y entonces… Oh, creo que puedes imaginártelo.

 

Queremos dedicarle esta traducción a nuestros amigos Álvaro y Elia de 7soles.com, que les encantan estas historias y siempre agradecen cada publicación.

 

Hasta aquí otra de las historias tradicionales japonesas que hemos traducido. Como ves, muchas de estas historias nos chocan pues no le encontramos una moraleja, acaban bruscas o no le vemos el sentido desde nuestro prisma occidental. Estamos acostumbrados a otro tipo de cuentos. Aún así queremos trasladarte esta colección de historias para empaparte un poco más de la cultura y tradición japonesas.

Puedes leer todas las historias en el siguiente enlace:

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